Visita guiada a las tiendas de discos de Medellín en los años 80 y 90

Publicado por La Caja Soundbox en

Oscar Santana / Arquitecto y Vinilhólico
23 de agosto de 2020
Medellín

Celebrando la inauguración de la nueva página web y la tienda física de La Caja Soundbox Record Store (LCSRS) y con la invitación de sus propietarios y amigos Andrés Restrepo y Franklin Ruiz Cuervo, los invitaré a una visita comentada por algunas tiendas de discos que marcaron mi pasión por la música y la odisea de coleccionar música, principalmente de rock y sus derivados. Advierto que para este recorrido solo se recurrió a la memoria y a mi experiencia personal con algunas ayudas de grandes colegas, enfermos igual que yo por coleccionar discos, así que propongo un escrito inconcluso sujeto a imprecisiones y al aporte que los lectores consideren observar o enmendar. Este escrito estará acompañado de un mapa ilustrado realizado a mano y que hará parte de la nueva tienda de LCSRS, cuya ubicación, con el aval de sus propietarios, será revelada al final del texto. Documentar nuestra cultura musical sigue siendo en Medellín una tarea pendiente que ciudades como Bogotá han venido desarrollando con mayor juicio, prueba de esto es la valiosa publicación realizada en 2019 denominada Bogotá Sonora – Guía musical de la capital, aparte de algunas investigaciones universitarias.

Fui afortunado por estudiar en un “buen” colegio de la ciudad, y más que por sus lecciones y disciplina racional extrema, porque muchos de mis amigos de épocas escolares tenían el privilegio de viajar cada año fuera del país. Recibí de ellos mucha ilustración sobre el mundo de la música cuando las emisoras de radio aún eran pocas y la difusión del rock era insipiente. El primer día de clase después de las vacaciones se convertía en una feria improvisada de discos donde cada estudiante mostraba las joyas adquiridas por ellos, sus padres o hermanos mayores en sus viajes a Estados Unidos o Europa. Yo mientras tanto, mostraba mis casetes regrabados en mis aventuras por tierras bogotanas o santandereanas en los viajes familiares de bajo presupuesto. Mi colegio, iniciando la década de los 80, fue la primera tienda de discos que conocí. 

En los años 70 y 80 los LP/Vinilos hacían parte de la canasta familiar colombiana y era tradición que nuestros padres cada mes compraran en el mercado el último disco de temporada (En mi caso, José Luis Perales, Raphael, Los Carrangueros de Ráquira o los 14 Cañonazos Bailables). Fue en 1982 en el Supermercado Éxito de Colombia, antiguo Sears (Sector Estadio) donde recibí mi primer disco: Menudo –Por Amor- con la bella carátula de sus cinco integrantes con impermeables traslúcidos multicolores, sus cabelleras mojadas y una terrible edición de goteras de lluvia en el arte. Debo advertir que mi primer CD (Pink Floyd – A Momentary Lapse of Reason) fue comprado en la tienda de discos del Supermercado LEY en el barrio Mandalay de la localidad de Kennedy en Bogotá en 1989 a $7.000 y solo tuve la oportunidad de oírlo dos años después cuando por fin de muchos esfuerzos familiares logramos comprar nuestra primera unidad de CD.

El itinerario de las tiendas que más visitaba en los 80s y 90s se puede traducir a tres rutas de buses: Barrio Cristóbal (201 y 202), Laureles (191, 192 y 193) y la Ruta Comercial Hotelera años después. Para ese entonces era habitante del bello Barrio Santa Mónica 2 en el sector de La América. Estos buses me llevaban a los lugares con más afluencia de discos en la ciudad: La Calle San Juan, El Estadio, El Centro, San Diego y El Poblado. No necesitaba más, solo aguantar hambre en los recreos del colegio para ahorrar y así adquirir los tan anhelados discos. 

El bus del Barrio Cristóbal 202 me dejaba en la calle San Juan con carrera 73 donde se destacaban Discos La Rumbita y La Feria del Disco, uno al lado del otro como la versión ochentera del D1 y Justo y Bueno. De allí recuerdo con profundo aprecio la adquisición de dos vinilos: El Appetite For Destruction de Guns And Roses y el No Rest For The Wicked de Ozzy Osbourne en su edición colombiana de color azul, siendo este último, una de las piezas más valiosas de mi colección, adquirido a $5.000 y hoy avaluado por Discogs entre $140 y $160 dólares.

Sobre la ruta del Barrio Cristóbal 201 aparecen tres lugares: El Centro Comercial El Diamante y la tienda de discos esquinera de exterior adyacente al señor que vendía perros, aves exóticas, monos, víboras y otros animales en vía de extinción. Allí adquirí varios CD, pero hoy desconozco su historia y fin. Cuadras más abajo en la calle Colombia con la carrera 70 en el Pasaje Comercial Estadio 70 conocí el local/bodega de Disctronics donde realicé mi primera compra por catálogo a distribuidores en Estados Unidos y Europa. El disco de Steve Vai – Passion And Warfare- fue mi primera adquisición en esta cueva inundada de cajas apiladas y listados interminables en hojas arrumadas por todo el local. Finalmente, el Éxito de Colombia y su sección de discos, con mis padres mercando, mi madre en sus largas expediciones a la sección de telas y al final el doloroso llamado por “información” solicitando mi presencia por altoparlantes. Momento glorioso fue la compra de mi primer disco de metal: Slayer –South of Heaven- donde la carátula de un cráneo atravesado por un crucifijo invertido sobre ríos de sangre se convirtió en un enfrentamiento constante con mis “parroquiales” padres.

En el Centro de Medellín, mis primeros recorridos sucedieron por la carrera Junín y de allí la inmersión a los pasajes peatonales, Ferias del Disco, olor a incienso, ferias del brassier y cines porno. Capítulo aparte, fueron las ventas callejeras en el Pasaje La Bastilla, donde los discos con tonos amarillentos y ámbar, desteñidos por el sol, ofrecidos sobre el suelo en cajas de cartón y a muy bajo precio, se sumaron a mi pequeña colección. No tengo en mi memoria títulos o nombres de discos conseguidos en estos dos lugares, pero si recuerdo haberlo hecho hace ya 30 años. Tiendas como Hit Musical, aún vigentes, tuvieron sus orígenes en estos bazares callejeros del centro de la ciudad.

Y llegamos a uno de mis lugares favoritos de Medellín en toda su historia: El Centro Comercial Paseo de La Playa. Era “Disneylandia” para mí. Las pipas, los aromas a marihuana, el punk y el metal “reconciliados”, la ropa “rockera”, los tatuajes y cientos de discos, se grabaron profundamente en mi memoria y de este lugar quizás es de donde más títulos adquirí de mi colección. Hit Musical y Archivo Musical (existentes aún) fueron en los años 90 grandes referentes para mí. Imposible olvidar a Rolando enseñándome los nuevos discos, invirtiendo horas oyendo infinidad de canciones para al final decidir entre uno o dos títulos y tener pesadillas con las decenas de discos que no podía adquirir. Colecciones como las de Iron Maiden, Dream Teather, The Church, My Bloody Valentine, Pink Floyd, Black Sabbath, Joe Satriani, entre otros, se nutrieron de los anaqueles de estos bellos lugares. También el furor del DVD me obligó a adentrarme en algunas tiendas donde apoyé sin pudores la piratería de discos y no me avergüenzo de decirlo. Paseo de La Playa fue y seguirá siendo uno de mis itinerarios favoritos. 

En un bus de pequeño formato denominado Ruta Comercial Hotelera, el cual tomaba en la carrera 70 a una cuadra de mi colegio, emprendía el viaje hacia San Diego y El Poblado. Después de 30 minutos llegaba a otro de mis oasis musicales denominado Discocentro en el Centro Comercial Plazuelas de San Diego. Discos y casetes de ediciones originales estadunidenses y europeas abundaban en esta bella tienda y era plan obligado en las tardes de viernes y sábados. Anthrax, Metallica, Testament, Pantera, Iron Maiden y posteriormente Korn, Marilyn Manson, Alice in Chains y Nirvana se sumaron a mi colección. 

Contiguo a Discocentro, en el Centro Comercial San Diego, famoso por sus triciclos para niños en los años 70 y 80, aparecía la tienda Disctronics, otro referente importante en este recorrido. Era una tienda bella, de finos acabados, de hermosas colecciones, rarezas musicales y precios astronómicos. Visitaba Disctronics solo para ver discos “sin compromiso” y después de varias visitas elegía dos o tres. Es posible que mi primer box set haya sido adquirido en este hermoso lugar. La extraña combinación de metal, rock progresivo, grunge y música electrónica eran mis alicientes para convertirme en visitante permanente a pesar de mi fobia temprana por los centros comerciales. Siempre el sector de San Diego albergó buenas tiendas: desde Yamaha hasta Disctronics, desde Prodiscos de Almacentro hasta Tango Discos, desde el Superley hasta el Exito, desde Cow Music hasta Discocentro.

En El Poblado poco contacto tuve con tiendas de discos. Pocos títulos compré en el Éxito, y aunque oía hablar de Jota Stereo en el Centro Comercial Monterrey y arriba cerca de la 10, nunca lo tuve como parte de mis recorridos. Este sector será recordado para mí, más como el lugar donde me encerraba horas en casa de mis amigos escolares en largas sesiones musicales en vinilo, CD, video laser y grabación de casetes, deleitándonos con las bellas colecciones de sus padres de familia, hermanos y primos. Años después (posterior a 2000) en el Centro Comercial El Tesoro, Tower Records me albergó por mucho tiempo en pleno furor del CD y DVD y pude adquirir bellas colecciones y box sets, conciertos, instrumentos musicales, libros y revistas, ponerme al día con el rock en español, y confieso que en algún momento logré escapar sin pagar con varios títulos dentro de mi ropa.

Ya retornando a casa en el Laureles 192 o 193 desde San Diego, tuve la oportunidad de conocer la Tienda Musical Amadeus, expertos en música clásica y con grandes colecciones de CD y video láser. Carmina Burana de Carl Orff y los Cuadros de una Exhibición de Modest Músorgsky quedarán como recuerdo de esta inusual tienda sobre la Avenida Nutibara.

Los 2000 necesitarán quizás otro apartado. La llegada de la internet para las compras en línea, la proliferación del CD, DVD y Blu-ray, el formato digital, Audiogalaxy o Napster, cambiarían la noción de las tiendas de discos, así como lo fue la crisis del petróleo y la llegada del disco compacto en los 80s. Pero para esto, buscaremos otra oportunidad.

Como epílogo dejaré una corta historia que me contó mi madre días antes de morir en febrero de 2020 y que encaja perfecto en este relato. Su abuelo (mi bisabuelo) era el propietario de la única tienda de discos en Salamina, Caldas, un hermoso pueblo patrimonial y su tierra natal. La tienda era pequeña, angosta y profunda y tenía el perro de la RCA Víctor en su entrada para dar la bienvenida a sus visitantes. Desconozco que música se vendía, solo sé que con la ampliación de la vía principal del pueblo la tienda se vino abajo, se demolió, para darle paso al “progreso”.

El mapa que se suma a este texto da testimonio de muchas de estas tiendas que actualmente nos acompañan y trae consigo una primicia acolitada por nuestros queridos “barbaos” Andrelo y Frank: La nueva ubicación de La Caja Soundbox Record Store. No será en Copacabana como muchos creían, seguirá en el Café Zeppelin contigua a su terraza sobre la parte exterior, un espacio exclusivo que ha postergado su apertura por la Pandemia Covid 19 y que pronto permitirá hacernos a una bella cueva musical con caras presentes, nombres propios y grandes tertulias acompañadas de una fría cerveza.

Por ahora seguiremos alimentando la noción de las tiendas independientes de discos, las comunidades de melómanos, la amistad a través de la música, el apoyo a bandas locales y la búsqueda de nuevas guaridas para que como nerds empedernidos debatamos sobre si la edición es SAE (serial análogo de la época), si el disco es de Estados Unidos o de UK, si el insert es en color o blanco y negro, cosas sin importancia quizás pero que nos llenan el espíritu cada día. 

Agosto 23 de 2020.

Agradecimientos: Juan Rafael Vélez, Ariel Parra, Isabel Correa, Camilo Correa, La Caja Soundbox Record Store.


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2 comentarios

  • Llegué por casualidad a este artículo googleando “Jota Stereo”, porque tengo excelentes recuerdos de tardes de música allí. Muchas gracias por recordarme esos momentos de trasegar música de tienda en tienda, después de ahorrar por meses parte de la plata que me daban mis papás para el mecato del colegio. Hay un almacén que faltó en la reseña, cuyo nombre creo que era “J y V”. Aunque no estoy seguro del nombre, si recuerdo muy bien que quedaba en el pasaje Insumar, en el centro de Medellín. que tenía entradas por la calle Maracaibo y la carrera Sucre. También era una tienda de un ambiente exquisito para esas épocas ocheteras de adolescencia, con un piso en tapete oscuro y los discos exhibidos de frente, lo que permitía apreciarles completamente. La evidencia de que toda la música era importada era ese olor delicioso del celofán y el cartón de los discos y esa litrografía súper nítida de las portadas. Recuerdo ir allí muchas veces solo a ver un retablo colosal que tenían con el afiche de la portada del “Escape” de Journey, que me obsesionaba por sus colores, las imágenes y el título con la combinación especial de caracteres. Ojalá alguién más cayera accidentalmente por aquí y me confirmara si el almacén tenía ese nombre. Un saludo muy especial.

    Guillermo en
  • Felicitaciones Viejo Oscar Santana por este maravilloso y mágico recorrido por las discotiendas de Medellín, de 80’s, 90’s y 2000’s. Que excelente documentación, y muy cálida la manera de contarnos tus experiencias como apasionado por este mágico mundo del Rock.

    Ariel Parra López en

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